Detrás de las postales del Centro Histórico de Quito emerge una realidad compleja, marcada por menos habitantes, comercios que adelantan su cierre y una percepción de inseguridad difícil de revertir.
El Centro Histórico de Quito enfrenta una paradoja cada vez más visible: mientras crece su atractivo turístico y comercial, pierde a quienes durante décadas le dieron vida más allá de las postales. De día, visitantes y residentes recorren iglesias, plazas y calles empedradas declaradas patrimonio. Al anochecer, sin embargo, el paisaje cambia y el temor a la inseguridad termina imponiéndose sobre la actividad cotidiana.
En menos de dos décadas, el sector ha perdido más del 40% de su población residente. Lo que a comienzos de siglo albergaba cerca de 50.000 habitantes hoy muestra una realidad distinta, marcada por la proliferación de hoteles boutique, cafeterías de especialidad y negocios orientados al visitante.
Expertos en urbanismo definen este proceso como “morir de éxito”. A su juicio, el auge turístico y comercial ha modificado el uso residencial del suelo, privilegiando actividades económicamente más rentables. “Todo se va haciendo boutique”, resumen, al advertir que esta dinámica ha desplazado a más habitantes de los previstos.
El fenómeno ocurre además en un contexto atravesado por la crisis de seguridad que vive el país, con estados de excepción y restricciones nocturnas implementadas en distintos momentos. A ello se suma una tendencia presente en varias ciudades latinoamericanas, donde sectores medios y altos migran hacia las periferias, dejando los centros históricos asociados a estigmas sociales y percepciones negativas.
La consecuencia es un círculo difícil de romper. Los mismos espacios que reciben turistas durante el día son evitados por buena parte de la población local cuando cae la noche. La ausencia de actividad urbana alimenta la sensación de vulnerabilidad y profundiza el vaciamiento residencial.
Este escenario también ha incidido en el deterioro del patrimonio construido. Decenas de inmuebles históricos permanecen vacíos o en venta tras años de abandono. En muchos casos, tras la muerte de sus propietarios, los herederos prefirieron trasladarse a sectores con mayores oportunidades laborales, servicios y equipamientos. Expertos denominan este fenómeno como “aporoficación”, un proceso distinto a la gentrificación observada en algunas ciudades europeas.
La falta de uso alcanza incluso antiguos edificios educativos. Uno de esos inmuebles fue ocupado por la Policía Nacional para adecuarlo a sus operaciones, en una apuesta por incrementar la presencia institucional en la zona.
El coronel Gustavo Pérez considera que la oscuridad y el vaciamiento nocturno suelen asociarse con un mayor riesgo de criminalidad, aunque sostiene que esa relación responde más a la percepción ciudadana que a la realidad de los hechos. Si bien reconoce que el “riesgo cero” no existe y que pueden registrarse hurtos ocasionales, señala que las intervenciones policiales han contribuido a que el sector sea “bastante seguro”.
En el corazón patrimonial de Quito, la discusión trasciende las estadísticas de delitos. El desafío pasa por recuperar la vida cotidiana de un centro histórico que atrae visitantes de todo el mundo, pero que cada vez cuenta con menos vecinos dispuestos a habitarlo cuando termina el día.



